El Sueño de Belgrano en el Siglo XXI
La historia del cannabis en Argentina es más antigua de lo que puede suponerse; no comenzó con los nuevos marcos regulatorios y los proyectos actuales, incluso, data de mucho antes que las reivindicaciones iniciadas con mayor potencia en este milenio. La gesta del cannabis en nuestro suelo nació como un proyecto para la Nación en la mente de uno de sus padres fundadores y fue, sin miedo a la exageración, pensada como uno de los caminos para cimentar nuestra independencia.
A fines del siglo XVIII Belgrano dejó una prolífica bibliografía de puño y letra alrededor del cannabis. Como ideólogo, su voracidad y profundidad lo llevaron no sólo a redactar obras y memorias, y a intercambiar correspondencia con miembros locales y comerciales del Real Consulado. Durante dos siglos el proyecto de Belgrano quedó relegado de la memoria pero activo de manera incipiente y con cada vez mayor vigor, pero ¿qué sucedió durante ese periodo de tiempo?
Soy de aquí y soy de allá
Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano González, Manuel Belgrano, hijo de un comerciante italiano y educado en España con el objetivo de servir a la Corona, nació en este suelo, en Buenos Aires, en 1770. Durante esa bisagra que va desde su nacimiento hasta las postrimerías de la revolución francesa -que debilitó el poder español-, Belgrano pudo adquirir sus conocimientos en Europa en donde comprendió los resortes del empuje industrial y sobre todo, forjó la conciencia de que la prosperidad de los pueblos está invariablemente ligada a la tierra y al trabajo del suelo. Lo que también conocía de primera mano gracias a su experiencia en el viejo continente eran los beneficios industriales y comerciales de la planta de cannabis. En esa bisagra que le tocó vivir fue un actor decisivo en la gesta de nuestra independencia, en donde buscó aplicar aquellos cimientos que él consideró esenciales para el desarrollo de una nación.
Como secretario del Consulado de Comercio de Buenos Aires, entre 1795 y 1809, escribió sus memorias en donde precisa y desarrolla las “Utilidades que resultarán a esta Provincia y a la Península del cultivo del lino y el cáñamo”. Belgrano veía en el cannabis una salida dignificante para la pobreza en donde el cultivo daría trabajo y autonomía. Tenía, además, una visión estratégica ya que el fin de su cultivo era aprovechar las fibras de su madera y raíces para fabricar los propios barcos y buques mercantes. Su proyecto era estratégico: los barcos necesitaban jarcias y velas de cáñamo para navegar, y él quería que el Virreinato tuviera su propia industria naval. En sus escritos afirmaba que: “Toda Nación que deja hacer por otras una navegación que podría emprender ella misma, disminuye sus fuerzas reales y relativas a favor de sus rivales”.
Durante su periodo como secretario del Consulado de Comercio llegó a intercambiar correspondencia con su par chileno, Manuel de Salas, quien le enviaba semillas y manuales de cultivo. Sin embargo, el proyecto fracasó por la resistencia interna y externa; los comerciantes locales se opusieron al desarrollo ya que se beneficiaban del contrabando mientras que, por parte de la Corona, no consideraban necesaria la creación de una flota -y por ende de una industria del cannabis- que favorecería la autonomía y la competencia.
La marihuana en los márgenes
El cannabis no tuvo su protagonismo como una de las puntas de lanza del desarrollo independentista sino que, alejado del centro de vanguardia, permaneció en los márgenes. La dispersión del cannabis por distintas zonas del mundo responde a la diáspora y es así que, entre las distintas vías de ingreso a latinoamérica -y particularmente al denominado Virreinato del Río de La Plata por aquel entonces- se introdujo de la mano esclava africana que llegaba en los barcos de los conquistadores. El uso social y ritual, instalado con fuerza en el siglo XVIII, era mayoritariamente por parte de nativos, curanderos, esclavos y sectores marginales, por lo que cargaba con la mirada peyorativa de parte de la sociedad ligada al poder.
En este punto comienza un camino de restricción iniciado por la xenofobia que se escudó en una base de argumentos morales y de seguridad para instalarlo, por último, en un discurso sanitario que pesa hoy en día. Los prejuicios, como los reflejos, son cosas que de tan repetidas se hacen sin pensar. Cabe aclarar el contraste con una época previa y vecina en la que Belgrano pensó al cannabis como una llave nacional: a finales del 1700 no existía la concepción actual alrededor del término “droga”.
El cigarrillo de cannabis no era el porro, sino que se llamaba Pango, nombre angoleño del cáñamo, que los negros fumaban en el Río de la Plata para reconectarse con su tierra natal.
Un salto a la modernidad
A fines del siglo XIX, producto de las guerras y de las pandemias, la población negra en Argentina estaba prácticamente exterminada. El periodo coincide con el inicio de las inmigraciones europeas que transformaron la zona portuaria en un nuevo epicentro del uso de sustancias psicoactivas en donde el predominio del cannabis era pequeño. Para ese entonces el consumo ya no estaba totalmente liberado y, tras la adhesión del país a la Convención Internacional de La Haya sobre el opio en 1912, sólo podían circular en farmacias y droguerías productos a base morfina, cocaína, y sus respectivos derivados; entre estos “derivados” estaba el cannabis.
Lo curioso es que, si bien el consumo comenzaba a regularse, se podía conseguir en farmacias cannabis comercializado por compañías. En aquel entonces se importaba desde Francia un producto conocido como “cigarrillos indios” que eran ni más ni menos que quince porros dentro de una especie de petaca que se promocionaba como medicina para el asma y el catarro. En esa época, la planta era un recurso medicinal aceptado, hasta que en la década de 1930 empezó la avalancha prohibicionista impulsada desde Estados Unidos por Harry Anslinger, basada en prejuicios raciales y económicos.
La primera experiencia industrial en pleno siglo XX
Entre los años 40 y 70, Argentina tuvo su mayor extensión de tierra sembrada con cannabis hasta esa fecha: con más de 400 hectáreas de cultivo, un siglo y medio después de Belgrano, un empresario materializó parte de aquel sueño en la localidad de Jáuregui, provincia de Buenos Aires.
Julio Steverlynck llegó a Argentina desde Bélgica en 1923 y fundó no sólo una fábrica, sino una suerte de ciudad industrial alrededor de la algodonera Flandria: construyó parroquias, colegios, bibliotecas, clubes y otorgó créditos para viviendas con la única condición de que tuvieran jardín. La linera Bonaerense fue el paso posterior, la empresa que Steverlynck creó para desarrollar el cultivo de lino y cáñamo, con el objetivo de producir semillas y extraer fibra para abastecer a la industria textil. El proyecto comenzó con sólo 6 hectáreas en 1953 y creció hasta alcanzar las 180 hectáreas en 1956, pero su récord estaba por llegar: en enero de 1970 registró su mayor extensión sembrada de cannabis sativa con 400 hectáreas, lo que equivalía a unas 400.000 plantas de cuatro metros de altura.
El auge y el aparentemente nacimiento de una real industria cannábica en nuestro país encontró su declive por dos acontecimientos. Por un lado, la muerte de Steverlynck en 1975 y la competencia de materiales sintéticos como el nylon hicieron mella en el presente de la empresa, pero lo que dio el golpe final no fue un proceso económico sino político. El golpe de 1976 tomó el poder de facto y gobernó con puño dictatorial, engendrando en la realidad social las prohibiciones y criminalizaciones que formaban parte del panorama social previo; es así que en 1977 y tras un decreto firmado por Martinez de Hoz, la Policía Federal irrumpió en los campos con ametralladoras deteniendo al gerente Rubén Batallanez, acusándolo falsamente de dirigir un polo de narcotráfico y un laboratorio de anfetaminas. Batallanez pasó un mes preso y terminó su vida en la pobreza tras el cierre de la planta que dejó, además, a 400 personas sin empleo. Los campos fueron vigilados por los militares para evitar que brotaran plantas silvestres.
Belgrano y el espejo de la actualidad
Lo que Manuel Belgrano vislumbró en 1797 como un motor de soberanía y desarrollo local renace hoy en una industria argentina del cannabis resiliente. A pesar del complejo escenario histórico que le tocó atravesar, el sector transita un umbral donde la vanguardia tecnológica y científica intenta desplazar definitivamente décadas de persecución.
El epicentro de esta evolución se encuentra en el trabajo histórico de cultivadores y breeders, sobre el que se aplica la ciencia y el conocimiento de laboratorios del CONICET y el CENPAT. Esta sinergia ha permitido superar las barreras técnicas y la falta de infraestructura que, en parte, frustraron el proyecto en el siglo XVIII. Hoy, la tecnología y el conocimiento compartido han democratizado el sector gracias a las redes de cultivo cooperativo, la trazabilidad y la automatización de los procesos. El sueño de Belgrano ya no tropieza con la falta de herramientas y encuentra en el siglo XXI el saber indispensable para convertirse en realidad pero, como espejo, restan superar las trabas políticas para que la industria pueda crecer en todas sus dimensiones.