Breve historia del cannabis en Chubut

No hay un registro cronológico de cultivo de cannabis en Argentina para decir fehacientemente y sin margen de supuestos en dónde se desarrollaron las primeras plantaciones locales; podemos señalar hitos que forman parte de la diáspora por migraciones y prohibiciones más que de un antecedente lineal; esto sucede por la propia naturaleza del cultivo que requiere de una semilla para existir —sin, en muchos casos, pasar por la mano humana—  pero también del desconocimiento y posterior prohibición del cannabis que volvió su documentación y cronología una suerte de rompecabezas. Es, quizás gracias a este último punto, que es necesario irnos a los bordes para encontrar los fragmentos documentados. Es, en esta frontera, desde donde podemos hilar una suerte de recorrido hasta la actualidad de los cultivos en Chubut.

Pango: en cannabis y los esclavos afrodescendientes

En su diccionario de africanismos, Néstor Ortiz Oderigo hizo del habla una radiografía de las influencias afrodescendientes en nuestro castellano; al hojearlo, nos detenemos en la P hasta encontrar Pango: “(…) el cáñamo se denomina pango o diamba. La corriente esclavista introdujo el pango en diversas latitudes del Nuevo Mundo, aun la Argentina y el Uruguay, países en que los negros lo fumaban en sus pipas, cachimbos o pitos.” El cannabis, introducido por manos esclavas, era un consumo rutinario que paradójicamente pasó por debajo de las narices de los conquistadores europeos y que se diseminó por todo el continen tras la misma huella del paso de pobres y negros, llevados a la fuerza o exiliados por motus propio tras su liberación y libertad de vientres hacia distintas regiones.

Diccionario de africanismos en el castellano del Río de la Plata
El Diccionario de africanismos en el castellano del Río de la Plata explica que "pango" es el nombre dado al cannabis.

 

La planta los conectaba con sus creencias místicas, con su tierra de origen, en rituales de candombe y xangó, pero ya entrado el siglo XIX el Virreinato y los primeros gobiernos independentistas prohibieron el candombe a rigor de muerte, y las asociación del cannabis con el veneno, el peligro, lo demoníaco y oscuro empezaba a existir como una nube sobre la conciencia de letrados y de blancos, poseedores del poder regional. Con la llegada de Juan Manuel de Rosas al mando durante el siglo XIX, la población afrodescendientes, sus ritos y costumbres vivieron un apogeo, la libertad de poder ejercerse sin miramientos y apañados por Rosas, que durante 20 años no sólo permitió sino que impulsó la cultura negra. La primavera rosista de los negros se diluyó poco antes de su propia existencia: ya para fines de ese mismo siglo las enfermedades y las guerras habían mermado a la población, pero tanto el gen como la propia planta pasó a nuevas manos. 

Del vacío de leyes a las restricciones

Las olas migratorias del 1900 reconstituyeron la geografía del Río de La Plata con nuevos barrios portuarios de migrantes —ahora blancos— empobrecidos en su suelo de origen, que comulgaron en calles y conventillos donde, de mano en mano, empezaba a circular cocaína y opio, y en menor medida, marihuana y hachís.

El siglo XX trajo una novedad en cuanto al alcance de las normas gracias a una ola expansiva en donde los resortes del poder funcionaban con influencias cada vez mayores, hasta cubrir lo internacional. Y es que, para principios del siglo XX, hubieron ciertos avances en legislaciones como la Convención Internacional del Opio de La Haya —a la que Argentina adhirió por decreto presidencial en 1912— pero el primer paso concreto llegó en 1920, cuando el diputado radical Juan José Capurro presentó un proyecto para que la cocaína, morfina, “cáñamo indiano” y sus preparados dejaran de venderse libremente y quedaran restringidos a las farmacias y bajo receta médica. Los productos de mayor circulación eran los “cigarrillos indios”, que dicho en criollo eran quince porros dentro de un estuche metálico importados desde Francia, producidos por Grimault y CIA con cannabis proveniente de Bombay. La publicidad de la época que circulaba por diarios como La Nación y o La Tribuna —y de la propia compañía— los promocionaba por su eficacia para hacer desaparecer el asma, la opresión, el insomnio y el catarro. El prospecto que acompañaba los cigarrillos declaraba que las evidencias para confirmar los beneficios eran “recientes experimentos (sic) hechos en Alemania y repetidos en Francia y en Inglaterra”, pero en rigor ninguno de ellos figuraba en ninguna institución o revista científica de la época.

Grimault y CIA
Cigarrillos Indianos Grimault y CIA comercializados en Argentina

Argentina, progresivamente, incluyó restricciones en lo que ya empezaba a tipificarse como “droga”, hasta dotar de ilegalidad y empujar a los márgenes el consumo de cannabis. En 1926 se votó una reforma del Código Penal para habilitar el castigo no solo a los traficantes sino también a los consumidores. Esa lógica persecutoria se sostendría, con matices, durante más de cuatro décadas, hasta que en 1968 el propio gobierno de facto de Juan Carlos Onganía —paradójicamente, en pleno recrudecimiento autoritario— despenalizó la tenencia para uso personal, aunque a cambio impuso, a través de una reforma del Código Civil, la internación compulsiva de quienes fueran considerados “toxicómanos”, dando pie a un control que avasalló el propio cuerpo y la salud.

Esos extraños de pelo largo

El siglo trajo otra novedad permitida por el estilo de vida de la posguerra y la conformación de la familia citadina tipo; en este germen, la juventud pasó a ser una brecha diferenciada con inquietudes, intereses, consumos, y sobre todo estigmas propios. La dictadura de Juan Carlos Onganía iniciada en el ‘66 fue contemporánea a múltiples movimientos internacionales protagonizados por jóvenes, basta con mencionar el El verano del amor —1967—  el Mayo francés —1968— cuya banda sonora fue Revolver y Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band de los Beatles, la música de una generación compuesta tras el icónico encuentro de la banda de Liverpool con Bob Dylan, anécdota que se dice, es también el primer encuentro de los Beatles con el cannabis.

John Lennon y Bob Dylan en Mayo del '66. No existe un registro de toda la banda con el solista.

Por estas latitudes, y sobre todo en los grandes centros urbanos, se cocinaba la propia revolución juvenil desde varios flancos, en parte impulsada por una dictadura que ejercía su alcance hasta las esferas de lo íntimo: la ropa, los lugares de tránsito e incluso el pelo podían ser motivo de señalamiento y persecución. “Estoy muy solo y triste acá en este mundo abandonado; Tengo una idea, es la de irme al lugar que yo más quiera” o “Inútil es que trates de entender O interpretar quizás sus actos Él es un rey extraño Un rey del pelo largo” son fragmentos de las letras de La balsa —1967— y El extraño de pelo largo —1969 —, aclaración que casi no necesita hacerse en Argentina a fuerza de repetición año tras año que las convirtieron en parte de nuestro ADN musical; cada una tiene una historia que se conecta naturalmente con ese trasfondo represivo: La balsa nace como un himno de la generación marginada y beat que se reunía en el icónico bar La Perla en Once, en donde los relatos ubican al flaco Spinetta, Litto Nebbia, Moris, León Gieco y a Tanguito como habitués. 

La bohemia local, influenciada por el movimiento beat norteamericano y los Beatles, fumaba porro tras sus puertas “Me falta algo para ir, pues, caminando yo no puedo Construiré una balsa y me iré a naufragar” completa la primera estrofa de La Balsa, nacida de las entrañas de La Perla y de Nebbia y Tanguito como parte de la agrupación autora Los Gatos; “naufragar” pero no era un hundimiento sólo físico, no en el agua; por aquel entonces el término significaba nomadismo nocturno, patear sin parar, caminar por la avenida más ancha del mundo, “significaba pasar la noche entera despiertos conversando, divagando y creando arte frente a una sociedad que madrugaba a trabajar, nosotros sentíamos que habíamos sobrevivido a la noche… los náufragos” precisaría más tarde un Nebbia mucho más grande, con cuarenta años de distancia de aquellas épocas iniciales del rock nacional. 

Naufragar era un escape mental de las convenciones de la sociedad, pero en muchos casos representó necesariamente un escape físico, el retiro autoimpuesto para evitar daños mayores, «Argentina en ese momento era un gran quilombo. Una vez casi me matan. ¿Sabés lo que es escuchar el ruido de las Ithacas mientras alguien grita ‘si te movés pibe te liquidamos’? Contó Felix Pando —creador de La Joven Guardia, banda que compuso El extraño de pelo largo— en relación a la dictadura de Onganía, en una entrevista desde su exilio en Palm Beach a Ignacio Rapari, y publicada en Clarín. «Por lo menos tres veces nos metieron presos por el pelo o la vestimenta. Te trataban muy mal”.

Del centro a la periferia: un acto de libertad

Como una irradiación, parte de la juventud se trasladó al interior: las zonas más alejadas funcionaron como la válvula de escape para una generación avasallada por la intromisión de gobiernos militares que corrían los límites de lo permitido hasta inmiscuirse en lo más íntimo y dictaron a pulso de garrote un modelo ideal de ciudadano, en donde el poder de turno aún no extendía de manera cabal su influencia. 

El Bolsón, Esquel o Epuyén se transformaron en localidades que vieron crecer en su territorio plantaciones de marihuana de la mano de una oleada de migrantes jóvenes provenientes de la capital, que vivían en comunidad y que sembraron semillas de prensado, o provenientes de Paraguay, Colombia o California, que dio lugar a una variedad autóctona conocida en aquel entonces como el “pinito de Epuyén” que era, junto al prensado proveniente de Paraguay o “Pedrojuan” —por la localidad Pedro Juan Caballero de la que provenía— prácticamente las únicas fuentes de cannabis de la época. Existen, como es propio de la historia de una planta fuertemente prohibida, versiones cruzadas y huecos en la línea; algunos ubican al “Pinito de Epuyén” un poco más acá en el tiempo, recién a mediados de los ‘80, y de la mano de un norteamericano que trajo semillas desde California, la meca de la plantación en aquellos momentos.

Décadas después y tras la extinción relativa del cannabis proveniente de la cordillera patagónica, o al menos de esa primera oleada, y digo relativa porque emergieron nuevos cultivos, de espalda a la legalidad y ahora, en el marco de la misma. Se podría decir que si durante los ‘90 Chubut albergó las mayores plantaciones de la época, en la actualidad la legalidad permitió cierta diversificación y expansión del cannabis. Y, en todo caso, como siempre sucedió, la planta va a crecer igual.

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